paraiso en llamas : reseña

carlos humberto reyes cayotopa

Dos y media de la madrugada y la jaqueca comienza a molestar. Un poco adolorido llego al departamento y lo único que me interesa sin importar las heridas, es calmar este dolor de cabeza.  Reposo en el lecho como un viejo lobo, mi cuerpo cae tibiamente en las sabanas, voy ahilando mi sueño, estiro las patas y entrecojo la cola,  respiro levemente para escuchar a los gatos que caminan por encima del techo. Noches como esta, estoy parado frente a la ventana esperando que el crepúsculo salga disparado en la boca de la ciudad. Pero, hoy no es una de esos días. Estoy muy cansado. Trato de dormir, pero no puedo, presiento que Catalina no lo esta pasando muy bien. Ahora estiro la pata, me limpio la piel, y con cuidado trepo a la parte superior del edificio, todos duermen, amodorrados en sus colchones de cartón, una abuela se frota sus huesudas piernas antes de dormir, se siente sola, mira el cuadro del Divino Niño Jesús, hoy su corazón esta embriagado. Reza por aquel hijo que no ha de venir, tanto tiempo a solas, cenando a solas, y poco a poco envejeciendo rodeada de fotografías del 86. Toma un sorbo de aguardiente para el frio, tose un poco, se entrecoge en la colcha, aferrándose a ambiguos anhelos que le hacen mantener de pie.


 Trato de no mirar hacia abajo, estiro el cuello y desde la ventana observo a Catalina, inanimada. Roy la toma de la cintura, aprieta su pequeño pecho contra el suyo. La mira detenidamente como un ciclope. Sus dedos  orillan en su cuello, y suavemente la entrecoge. Ella trata de no llorar, de no quejarse. Catalina es fuerte. Roy la besa, ella presiona sus labios y calla. Él se molesta y la bofetea tirándola al suelo. Catalina mira al su alrededor. Presiento que me ve, trato de no asomarme tanto, pero ella resiste y vuelve a observar las vacías esquinas de la habitación, como si esperara que alguien saliera de las sombras para salvarla. Roy  se aleja de Catalina para dirigirse al baño. Ella se levanta y huye del cuarto. Entonces, trato de regresar, procuro no resbalarme del techo, los gatos se asustan y saltan a otros tejados, los vecinos comienzan a quejarse, <> dijo la abuela, acercándose a la venta.  

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